A menudo en las empresas se abusa del correo electrónico de diferentes maneras. Unos pecan de excesivamente parcos, y otros, desde el otro extremo, de demasiado extensos.

Manual del buen uso del e-mail

A menudo en las empresas se abusa del correo electrónico de diferentes maneras. Unos pecan de excesivamente parcos, y otros, desde el otro extremo, de demasiado extensos. Hay un término medio, que es el de la eficacia. Cuántas veces hemos escrito, sin pretenderlo, un correo polisémico, o sea, que favorece varias interpretaciones, incluso las contrarias. ¡En cuántas ocasiones hemos enviado copias a quien no corresponde! O, directamente, hemos dirigido mensajes críticos con alguno de nuestros jefes a los afectados, con el consiguiente “¡tierra, trágame!” adosado.

Si cronometráramos el tiempo que dedicamos todos los días a escribir y a contestar correos electrónicos, probablemente nos asustaríamos de la cantidad de horas invertidas en este cometido (y sustraído, claro, a otras funciones más urgentes y rentables). Pero merece la pena ponerse a pensar. Escribir un correo electrónico debe llevar su tiempo, el necesario. Ni un minuto más. Pero también ni un minuto menos. Constituye uno de los eslabones estratégicos de la comunicación (interna y externa) de una compañía y conlleva, por tanto, un grado de responsabilidad, proporcional al cargo que ostentamos. Hay que hacerlo bien.

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